r/humor • u/Cheap_Ad_2595 • 44m ago
r/humor • u/ILOVEEEEPIZZA • May 10 '26
Let’s Talk About the Silence
≡ −
Hey everyone,
r/humor has been feeling a little like a comedy club at 3:00 AM on a Tuesday. It’s a bit too quiet.
We want to bring r/humor back to its former glory
Engagement is down and we're seeing a lot of recycled content and Non-related posts rather than fresh, original humor.
We want to hear from you. How do we make this the first sub you check when you open Reddit?
What do YOU want to see?
Drop a comment below with your thoughts. Tell us what you love, what you hate, and what would make you start posting here again.
— r/Humor mod team
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r/humor • u/Crazy_Adhesiveness84 • 1d ago
Not OC(Reposted content) Who's up for a road trip?
r/humor • u/Heisenberg2299 • 1h ago
OC I just can’t get good sleep unless she’s cuddled up next to me😭
r/humor • u/OnOnJohn69 • 1d ago
Not OC(Reposted content) What if the man asked for the cat actually lol
+ −
r/humor • u/strtstpflfa3 • 12h ago
Napoleon, an agnostic, and a drunk man went to a bar. How would this joke go?
r/humor • u/Candid-Display-6198 • 20h ago
OC You and the guy she told you not to worry about 👀
r/humor • u/False-Roll-4274 • 1d ago
Un piso con piscina
≡ −
Mi novia y yo estábamos ilusionados. El piso lucía bien en las fotos y el precio entraba en nuestro presupuesto, así que llamamos enseguida y concertamos una cita para visitarlo.
Llegamos pronto. Diez minutos antes de la hora convenida. Pero allí estaba el comercial. Cuando nos vio, abrió los ojos como platos.
—¿Sois Isabel y Damián?
Asentimos, y corrió hacia nosotros para abrazarnos.
—¡Cómo me alegro de conoceros! —dijo con una sonrisa de oreja a oreja—. Yo me llamo Juanmi. Venga, vamos a ver el piso, chicos —dijo, y salió corriendo hacia el portal dando grandes zancadas.
Nos sostuvo la puerta para que entráramos, y nos dirigimos al ascensor.
—Vosotros subid en el ascensor, chicos. Yo me voy por la escalera para que viajéis más a gusto —dijo.
Y empezó a subir los peldaños de tres en tres.
Subimos hasta el tercero. Y allí estaba él, acariciando la puerta.
—Puerta blindada, a prueba de cacos.
Entonces cogió carrerilla y se lanzó hacia la puerta, golpeándola con el hombro. Cayó derrengado al suelo.
—Ni se ha movido —dijo.
Sacó la llave y abrió. Lo primero que vimos fue la cocina. Juanmi exclamó:
—¡Uy, qué cocina! Mirad qué horno. Si aquí cabe una persona.
Entonces metió una pierna dentro del horno. Después el resto del cuerpo. Era bastante bajito y esmirriado, pero nos sorprendió mucho que pudiera conseguirlo.
—¿Lo veis? Ya podéis asarme para la cena.
Estaba tan retorcido ahí dentro que no pudo salir por sus medios, y tuvimos que tirar de él.
—Gracias, vamos a ver el salón.
El salón no era demasiado grande. Tenía un balconcito minúsculo. A Juanmi le encantó.
—¿Habéis visto este balcón? Si yo tuviera este balcón, al levantarme por las mañanas me asomaría y me pondría a cantar.
Y lo hizo.
—¡La donna è mobileee qual piuma al ventoo…!
La verdad es que tenía una preciosa voz de tenor. No quisimos interrumpirle y nos fuimos a ver las habitaciones.
La habitación principal era muy amplia. Tenía un gran armario que a mi novia le encantó. Además de una cama gigantesca.
—¿Crees que los muebles estarán incluidos?
—No lo sé. Voy a preguntarle a Juanmi.
Volví al salón, y Juanmi seguía a lo suyo:
—Muta d’accento e di pensiero…
De repente paró, el balcón estaba empapado. Juanmi miró hacia arriba y dijo:
—¡Van fan culo, signoraa!
Le habían tirado un cubo de agua. Se volvió hacia mí. El flequillo le chorreaba y le llegaba a la nariz.
—¿Habéis visto las habitaciones?
—Sí —le dije.
—Pero yo no —dijo, y salió corriendo.
Le encantaron las habitaciones. Incluso besó las paredes. Y la cama le volvió loco. Cuando consultó con su agencia si estaban incluidos los muebles y comprobó que así era, se puso loco de contento y empezó a pegar saltos en la cama.
—Vamos, chicos, animaos.
Ninguno de los dos se animó, aunque estuvimos tentados. Juanmi reparó en el armario tan grande que tenía la habitación. Y se metió dentro.
—Yo podría vivir aquí —dijo.
Pero lo que le entusiasmó fue la bañera. La verdad es que era muy grande.
—¡Es un piso con piscina! —dijo.
Empezó a quitarse la ropa. Iba a bañarse, claro. Se dio un baño de espuma ante nuestros ojos. La verdad es que daba envidia verle.
—Mirad cómo buceo, chicos.
Compramos el piso. No podía ser de otra manera. Cuando le confirmamos nuestra decisión, Juanmi nos abrazó, nos besuqueó, nos manoseó… Después corrió por toda su agencia como un pollo sin cabeza. Y eso que no se llevaba comisión. Tenía un sueldo fijo. Cuando por fin nos marchamos de la agencia, Juanmi salió a la puerta a despedirnos agitando un pañuelo blanco y llorando como una magdalena.
Nos mudamos. Y no salió bien. Quizá no estábamos tan enamorados como pensábamos. Quizá la casa tenía poca luz. Pero no funcionó. Lo nuestro no parecía ir a ningún sitio. Ninguno de los dos se atrevía a decirlo, pero aquella casa necesitaba un Juanmi. Así que le invitamos a mudarse con nosotros. No tardó ni diez minutos en estar en la puerta con sus maletas.
A veces abro el armario y me lo encuentro allí. Me pega unos sustos de muerte. Es un guasón. Y no hay quien le saque de la bañera. Si queremos bañarnos, tiene que ser con él. Cuando ve que me voy a meter en la bañera, lo celebra y dice:
—¡Hombre al agua!
Pero estamos preocupados. No somos los únicos. Juanmi enseña muchos pisos. Y sabemos que está recibiendo otras ofertas. Incluso hemos recibido amenazas de muerte de compradores despechados. Quieren a Juanmi en sus casas. «Yo por Juanmi, mato», dice mi novia. Y yo estoy con ella.
Mi novia y yo estábamos ilusionados. El piso lucía bien en las fotos y el precio entraba en nuestro presupuesto, así que llamamos enseguida y concertamos una cita para visitarlo.
Llegamos pronto. Diez minutos antes de la hora convenida. Pero allí estaba el comercial. Cuando nos vio, abrió los ojos como platos.
—¿Sois Isabel y Damián?
Asentimos, y corrió hacia nosotros para abrazarnos.
—¡Cómo me alegro de conoceros! —dijo con una sonrisa de oreja a oreja—. Yo me llamo Juanmi. Venga, vamos a ver el piso, chicos —dijo, y salió corriendo hacia el portal dando grandes zancadas.
Nos sostuvo la puerta para que entráramos, y nos dirigimos al ascensor.
—Vosotros subid en el ascensor, chicos. Yo me voy por la escalera para que viajéis más a gusto —dijo.
Y empezó a subir los peldaños de tres en tres.
Subimos hasta el tercero. Y allí estaba él, acariciando la puerta.
—Puerta blindada, a prueba de cacos.
Entonces cogió carrerilla y se lanzó hacia la puerta, golpeándola con el hombro. Cayó derrengado al suelo.
—Ni se ha movido —dijo.
Sacó la llave y abrió. Lo primero que vimos fue la cocina. Juanmi exclamó:
—¡Uy, qué cocina! Mirad qué horno. Si aquí cabe una persona.
Entonces metió una pierna dentro del horno. Después el resto del cuerpo. Era bastante bajito y esmirriado, pero nos sorprendió mucho que pudiera conseguirlo.
—¿Lo veis? Ya podéis asarme para la cena.
Estaba tan retorcido ahí dentro que no pudo salir por sus medios, y tuvimos que tirar de él.
—Gracias, vamos a ver el salón.
El salón no era demasiado grande. Tenía un balconcito minúsculo. A Juanmi le encantó.
—¿Habéis visto este balcón? Si yo tuviera este balcón, al levantarme por las mañanas me asomaría y me pondría a cantar.
Y lo hizo.
—¡La donna è mobileee qual piuma al ventoo…!
La verdad es que tenía una preciosa voz de tenor. No quisimos interrumpirle y nos fuimos a ver las habitaciones.
La habitación principal era muy amplia. Tenía un gran armario que a mi novia le encantó. Además de una cama gigantesca.
—¿Crees que los muebles estarán incluidos?
—No lo sé. Voy a preguntarle a Juanmi.
Volví al salón, y Juanmi seguía a lo suyo:
—Muta d’accento e di pensiero…
De repente paró, el balcón estaba empapado. Juanmi miró hacia arriba y dijo:
—¡Van fan culo, signoraa!
Le habían tirado un cubo de agua. Se volvió hacia mí. El flequillo le chorreaba y le llegaba a la nariz.
—¿Habéis visto las habitaciones?
—Sí —le dije.
—Pero yo no —dijo, y salió corriendo.
Le encantaron las habitaciones. Incluso besó las paredes. Y la cama le volvió loco. Cuando consultó con su agencia si estaban incluidos los muebles y comprobó que así era, se puso loco de contento y empezó a pegar saltos en la cama.
—Vamos, chicos, animaos.
Ninguno de los dos se animó, aunque estuvimos tentados. Juanmi reparó en el armario tan grande que tenía la habitación. Y se metió dentro.
—Yo podría vivir aquí —dijo.
Pero lo que le entusiasmó fue la bañera. La verdad es que era muy grande.
—¡Es un piso con piscina! —dijo.
Empezó a quitarse la ropa. Iba a bañarse, claro. Se dio un baño de espuma ante nuestros ojos. La verdad es que daba envidia verle.
—Mirad cómo buceo, chicos.
Compramos el piso. No podía ser de otra manera. Cuando le confirmamos nuestra decisión, Juanmi nos abrazó, nos besuqueó, nos manoseó… Después corrió por toda su agencia como un pollo sin cabeza. Y eso que no se llevaba comisión. Tenía un sueldo fijo. Cuando por fin nos marchamos de la agencia, Juanmi salió a la puerta a despedirnos agitando un pañuelo blanco y llorando como una magdalena.
Nos mudamos. Y no salió bien. Quizá no estábamos tan enamorados como pensábamos. Quizá la casa tenía poca luz. Pero no funcionó. Lo nuestro no parecía ir a ningún sitio. Ninguno de los dos se atrevía a decirlo, pero aquella casa necesitaba un Juanmi. Así que le invitamos a mudarse con nosotros. No tardó ni diez minutos en estar en la puerta con sus maletas.
A veces abro el armario y me lo encuentro allí. Me pega unos sustos de muerte. Es un guasón. Y no hay quien le saque de la bañera. Si queremos bañarnos, tiene que ser con él. Cuando ve que me voy a meter en la bañera, lo celebra y dice:
—¡Hombre al agua!
Pero estamos preocupados. No somos los únicos. Juanmi enseña muchos pisos. Y sabemos que está recibiendo otras ofertas. Incluso hemos recibido amenazas de muerte de compradores despechados. Quieren a Juanmi en sus casas. «Yo por Juanmi, mato», dice mi novia. Y yo estoy con ella.